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 CAPÍTULO XIV, TAHURES E INCAUTOS

Tahúres e incautos:

Una vez hemos alcanzado la etapa final de nuestra investigación y que se ha dado al lector conocimiento de todos los hechos en relación con ella, nada queda si no revisar brevemente nuestra posición respecto a la cuestión del juego de azar como un todo y ver a que conclusiones podemos llegar con respecto a ello cuando se mira la cuestión con sentido común y a la luz de los conocimientos que hemos obtenido. Todos los temas poseen varios aspectos y el juego de azar debe ser considerado desde múltiples y diferentes puntos de vista. En este último capítulo, con permiso del lector, me tomaré la libertad de considerarlo desde mi propia perspectiva, no habiendo objeciones a la propuesta, preferiría considerar estas conclusiones finales como confidenciales entre el lector y yo. Si al darme cuenta de lo que queda por decir aparento hablar de forma egoísta o dogmática, pido de antemano perdón y ruego al lector que crea que si me inclino por enfatizar algún punto en particular sobre el asunto, es porque me siento fuertemente inclinado a ello y no porque desee quedar a los ojos del mundo como campeón del bien y enemigo del mal.

En algunos sectores se ha expresado el temor a que la publicación de los secretos contenidos en este libro fuera el medio para incrementar el número de tahúres, ya que únicamente estaba proporcionando un manual de instrucciones para futuros estafadores. Para algunos, esto puede parecer un razonamiento muy convincente, pero es en realidad una lógica muy pobre. De hecho, un temor más infundado podría no ser entretenido. Sería razonable decir que la fabricación de cajas fuertes y de cámaras acorazadas contra la acción de los ladrones incrementa el número de éstos. O para acercarnos al punto en cuestión también puede afirmarse que la exposición a fraudes espiritistas ha aumentado el número de mediums. El tema espiritista ofrece una prueba sorprendente de lo absurdo de tal afirmación. Compare con la actualidad el estado del asunto veinticinco años atrás, antes que comenzara la cruzada contra el fraude espiritista. Docenas de impostores hacían de ello un negocio próspero. Los medium eran mucho más solicitados que el más popular de los artistas, cobrando además tarifas más altas. El espiritismo era un entretenimiento de moda, las salas de estar de la aristocracia se oscurecían constantemente para las sesiones. Actualmente únicamente dos o tres pícaros miserables, sin habilidad para ganarse la vida de otro modo, llevan una miserable existencia en el East End de Londres dando sesiones en reboticas por un chelin  por persona, Ni siquiera en América las cosas van mejor para los mediums. Compare el éxito del Dr. Slade en Londres, con su triste final de hace unas semanas en América. De hecho, el negocio se encuentra totalmente arruinado, aquellos que han tenido la suficiente habilidad se han reconvertido en magos o demostradores de espiritismo (1), otros se han convertido en tahúres o hipnotizadores. Estos hechos constituyen por sí mismos una completa respuesta a la afirmación de que este libro incrementaría el número de estafas. Mantengo que la educación de un joven no puede considerarse completa si no incluye algún conocimiento sobre la capacidad de engaño, ya que sin ella le puede ser impuesta por cualquier charlatán.

Dejando aparte la cuestión del tahurismo y con referencia a las falacias cometidas por los jugadores en general, existen entre otras muchas tres que requieren una atención especial y que deseo tratar especialmente. Estas tres nociones erróneas, aunque a menudo entretenidas, constituyen la base misma de lo que se denomina juego honesto. Son estas:

  1. El juego de azar es esencialmente honesto
  2. Que una apuesta debe ser justa para ambas partes
  3. Que al apostar contra probabilidades justas, en un número infinito de apuestas, las posibilidades de cada uno de los apostantes a la larga se igualarán de modo que ninguno de ellos pueda ganar o perder.

Lo que me comprometo a demostrar, puede resumirse en tres sentencias que contradicen las anteriores, a saber:

  1. El juego de azar es esencialmente deshonesto
  2. Que una apuesta puede ser injusta para ambas partes, pero no puede ser justa más que para una de las partes y esto sólo a expensas de un grave perjuicio para la parte contraria.
  3. Que una prolongada sesión de apuestas no da al jugador más probabilidades de ganar o recuperar su dinero, que las que ya tiene al realizar una única apuesta.

Lo expongo aquí a toda la fraternidad de los juegos de azar, tahúres e incautos por igual. Pero manteniendo mis opiniones con coraje, me mantengo en mis trece, estando preparado para defenderme de todos cuántos vengan. Para respaldar mis opiniones iré incluso más lejos en "la antigua y buena manera inglesa", (¿por que inglesa?), por valor de seis peniques, cantidad que nunca sobrepaso. Espere, porque estoy hablando precipitadamente, una vez aposté a un caballo en el Derby por valor de una guinea. Cuando diga que por misterio mágico el caballo se llamaba "Maskelyne", (creo que ese era el nombre dado por los periódicos deportivos), tal vez se me perdone por una vez la extravagancia. Tengo menos remordimiento al mencionar las circunstancias porque el caballo fue retirado. "Maskelyne era de una categoría extraña y ni siquiera obtuve una carrera por mi dinero.

Volviendo a centrarnos. He dicho que el juego es esencialmente deshonesto. Estoy al tanto de que esta no es una afirmación nueva, pero sobre ella no debe ponerse demasiado énfasis ya que una apuesta está considerada universalmente como un trato justo, pero ¿lo es realmente?. Una trato justo es aquel en que cada persona recibe algo de más valor para él, que aquello con lo que lo ha iniciado, o al menos algo de igual valor. Si cualquiera de los participantes recibe a cambio algo de menos valor que lo que él aporta, esa persona está siendo estafada, además el hecho de ganar una apuesta significa que uno a privado al otro de su dinero, por lo que no se le ha tenido en la debida consideración. Por supuesto que el jugador argumentará que ofrece un rendimiento equivalente a lo ganado, ya que ofrece a su contrario la posibilidad de privarle de una cantidad igual; Es decir que compra el derecho de engañar a otra persona dándole a su vez la posibilidad de privarle de una cantidad igual. En resumen, una apuesta es un acuerdo mutuo para cometer un delito. El hecho de que ambas partes del trato estén igualmente equivocadas tampoco puede justificar a ninguna de ellas. Se puede argumentar que ningún perdedor de una apuesta considera haber sido injustamente privado de su dinero. Esta es de nuevo una noción errónea, jamás nadie perdió una apuesta que no considerara tener todo el derecho a ganarla, de lo contrario no la habría hecho. Por lo tanto, es robado en la medida en que se deja robar. Porque otro pueda robarme si tiene la oportunidad, no justifica que pueda robarle si a mi vez puedo. Si un hombre intenta quitarme la vida, puede estar justificado para protegerme, el matarle como último recurso, pero en un trato en el que únicamente están involucradas libras, peniques y chelines no hay necesidad de combatir a un hombre con sus propias armas. El hecho de estafar no es el arma con la que combatir el deseo de estafar, a pesar de todo, esto es lo que ocurre incluso en los juegos de azar llamados honestos.

Es obvio para cualquiera que se tome la molestia de pensar sobre el asunto, que las posibilidades justas e iguales son una cuestión de proporcionalidad en lugar de una cuestión de cantidades y probabilidades iguales. Sin embargo, a primera vista parce que si alguien tiene las mismas posibilidades de ganar o perder cierta cantidad, nada más justo puede imaginarse desde cualquier punto de vista. A pesar de todo me atrevo a decir que esto no es así. Supongamos por el momento que usted es un hombre pobre que se encuentra a un conocido rico que insiste en que pase el día con él, lo que los americanos llaman "un gran momento".  Al final del día él le propone jugarse quien de los dos pagará los gastos, tal proposición no es nada infrecuente, supongamos que usted gana. ¿Que representa la pérdida para él? Comparativamente nada. No echará de menos la cantidad a pagar, pero si pierde usted su día de fiesta ha de sufragarse mediante muchas semanas de privaciones.

Para un hombre rico, una apuesta de cien libras no es más que una bagatela, sin embargo, para un pobre puede significarlo todo. En un caso la pérdida no conlleva inconvenientes algunos. mientras que en el otro significa la ruina total. Debe aceptarse por tanto que en asuntos como este la proporción es el factor principal y no las cifras concretas. Si está de acuerdo conmigo hasta ahora, está usted un paso más cerca de mi forma de pensar.

Avancemos un poco más y veamos como una apuesta es necesariamente injusta para ambas partes. Simplemente no existen dos hombres que puedan apostar de forma aparentemente honesta u obviamente deshonesta sin reducir de inmediato el valor de sus posesiones conjuntas. Esto puede probarse por medio de una demostración. Tomemos un caso en el que las probabilidades de ganar sean exactamente las mismas tanto en cantidad como en proporción de riqueza para los dos apostantes. Supongamos que sus posesiones y circunstancias son exactamente iguales en cualquier aspecto a las de un amigo, por tanto, no existe disparidad derivada del hecho de apostar entre ustedes cuando las posibilidades de ganar o perder cierta cantidad son exactamente las mismas para los dos. Para presentar el problema en su forma más simple diremos que cada uno de ustedes apuesta a cara o cruz la mitad de sus posesiones. Si sale cara usted gana, si sale cruz, gana su amigo. Desde el punto de vista de un jugador nada puede ser más honesto que este planteamiento. Cada uno tiene la misma probabilidad de ganar, ambos apostaron la misma cantidad, ambos pueden perder o ganar, y sobre todo la cantidad apostada por ambos tiene el mismo valor proporcional a la riqueza de cada persona. No puede imaginarse una apuesta hecha en condiciones más honestas, sin embargo ¿cómo funciona el asunto en realidad? Puede que sonría al leer lo siguiente, pero ambos pueden perder más de lo que posiblemente puedan ganar. Lo duda, bien veremos si no se lo puedo aclarar.

Suponga que el giro de la moneda le es contrario y pierde usted la mitad de sus posesiones. ¿cual es el resultado?, mañana dirá: "que tonto fui apostando!, ayer estaba un cien por cien mejor que hoy". Esa es precisamente la situación real, estaba usted exactamente un cien por cien mejor. Ahora incluso el intelecto más débil percibirá que un cien por cien únicamente puede compensarse con un cien por cien. Si tuvo usted la oportunidad de estar mucho mejor ayer de lo que lo está hoy, para igualar las probabilidades debería haber tenido la misma probabilidad de estar al cien por cien mejor que el día anterior. Esto es obvio, puesto que estamos de acuerdo que en estos asuntos son, más allá de las posibles discusiones, una cuestión de proporciones y no de cantidades reales.

Supongamos ahora que gana usted la tirada y por tanto gana la mitad de las posesiones de su amigo, ¿que ocurre en este caso? Al día siguiente sólo puede usted afirmar: "hoy estoy un cincuenta por ciento mejor que estaba ayer". Exactamente, eso es. Si pierde, sus pérdidas ascienden tanto como a lo que todavía posee, mientras que si gana, sus ganancias ascienden únicamente a un tercio de lo que posee. El hecho cierto es que en el mismo instante en que usted y su amigo establecen la apuesta mencionada, ambos han reducido considerablemente el valor de sus posesiones conjuntas. Cierto es que no en una cantidad real, pero en realidad cualquiera que sea la forma en que se desarrolle la apuesta, la pérdida sufrida por uno representa privación para ese uno, mucho más grande que el provecho proporcional obtenido por el otro. El mero hecho de que uno haya ganado tanto como el otro ha perdido, no afecta en lo más mínimo al resultado final. Los inconvenientes inherentes a cualquier pérdida siempre son mayores que los beneficios de una ganancia de igual valor.

Ningún hombre en sus sentidos puede ser perdonado por hacer una apuesta de este tipo, incluso si uno apenas considera la injusticia infligida a sí mismo. Mientras que en el caso de un hombre que tenga otras personas dependientes de él, tal comportamiento no puede considerarse más que criminal. Si para este momento no ha comprendido que el juego de azar, en cualquiera de sus formas, significa una posible pérdida de más de lo que puede ganar, todo lo que puedo decir es que debería usted hacerse socialista, siendo como es totalmente incapaz de proteger o incluso reconocer sus intereses particulares. La civilización no ha hecho efecto en usted. Hablando con propiedad, si juega de manera honesta es usted un incauto, mientras que si juega de manera deshonesta es usted un tahúr. Par ser un hombre inteligente y honesto no debe jugar en absoluto.

Algunos, por supuesto estarán de acuerdo conmigo en parte, y admitiendo la verdad de lo que he expuesto anteriormente dirán: "sí, eso está muy bien, pero ningún jugador apostará nunca la mitad de sus posesiones a una única apuesta, por tanto, la proporción que una apuesta individual produce en su propiedad completa es infinitesimal". Esto es totalmente cierto, pero no puedo comprender ni jamás he conocido a nadie que pueda explicarme que diferencia existe entre un número pequeño de apuestas por una gran cantidad de dinero y un número grande de apuestas por una pequeña cantidad de dinero. Entonces se da la tercera falacia que he mencionado anteriormente "las probabilidades". Algunos dirán: "a largo plazo están obligadas a igualarse entre ellas, y uno no puede ganar ni perder". ¡Queridas y buenas almas de mente simple! Garantizo que la proporción de ganancias y pérdidas se harán más iguales en un número infinito de apuestas donde las probabilidades sean siempre equitativas; Pero la cantidad que puede perderse y la proporción que significa respecto a las pertenencias del apostador puede siempre aumentar con el número de apuestas infinitas.

Supongamos por ejemplo que dos hombres lanzan al aire diez veces una moneda y que apuestan una libra a cada una de estas tiradas. Digamos que uno de ellos pierde nueve veces y sólo gana una de ellas. Ha perdido cuatro quintas partes de lo apostado de su total. ¿Pero a cuánto asciende?, apenas ocho libras. Pero supongamos que continúan lanzado la moneda hasta diez mil veces y que el mismo jugador pierde solo la centésima parte de la cantidad apostada durante todo el tiempo, gana noventa y nueve veces por cada cien derrotas. La proporción perdida es infinitamente menor que en el primer caso, sin embargo, la cantidad real perdida es de cien libras. Dejemos que los lanzamientos continúen hasta un millón de veces y supongamos que el jugador pierde únicamente la milésima parte de lo que ha apostado de principio a fin. Sus pérdidas ascenderán exactamente a mil libras.

Hablar de un número infinito de apuestas que igualen las probabilidades es un sin sentido ya que únicamente iguala la relación entre las ganancias y las pérdidas. Las cantidades reales ganadas o perdidas pueden aumentar indefinidamente.  Al mismo tiempo, la riqueza original del jugador no varía. El hombre que posee mil libras puede de igual modo perderlas en una única tirada o en un millón de ellas, lo que de hecho es mejor pues perderá menos tiempo con ello.

He tratado de aclarar este punto porque es algo en lo que incluso los jugadores más científicos, (si es que puede usarse el término), están más o menos confundidos. Todos piensan que si se mantienen jugando el tiempo suficiente, ganarán, o al menos recuperarán sus pérdidas; pero la vida de cualquier hombre es demasiado corta como para asegurar tal resultado, incluso en juego honesto, y créanme, la mayoría del juego es deshonesto. El jugador por supuesto según su modo de pensar no estará de acuerdo conmigo respecto a este último enunciado, ya que es de la opinión que en las apuestas ordinarias las probabilidades son justas. Bien si esto es así me gustaría saber quién mantiene a los corredores de apuestas, sé que yo no, el jugador sí. Si están satisfechos, también lo están los corredores, y ciertamente otras personas no tienen derecho a quejarse. El corredor de apuestas por encima de cualquier persona, hace un número infinito de apuestas y por tanto en teoría no debe ganar ni perder, sin embargo, se las arregla para vivir, moverse y ganarse su existencia. Aquellos que le ayudan a mantenerse deberían mejor saber como se las arregla, pero no parecen darse cuenta.

La absoluta inmoralidad del juego de azar, el deseo de ganar dinero sobre el que uno no tiene derecho alguno está fuera de discusión. Cuanto antes se reconozca este hecho, mejor será para el mundo en general. Por supuesto hay algunos en los que la pasión está arraigada y de cuyas naturalezas no podrá nunca ser totalmente erradicada. Pero todo el mundo debe comprender claramente que el vicio es tan censurable en proporción a su magnitud como por ejemplo mentir o robar. En un capítulo anterior de este libro, he dicho que en cuánto un hombre se convierte en jugador, también se convierte en una persona cuya honestidad está en entredicho. Esta puede parecer una afirmación algo dura y dramática, pero mantengo que está justificada por los hechos de los que me entero casi a diario. Como ejemplo de la laxitud, (por no usar términos más duros), que gradualmente socava la naturaleza moral del jugador, por muy concienzuda que haya sido, puedo citar el siguiente ejemplo:

Hace unos días un amigo mío que pertenece a un club de West End estaba discutiendo con un compañero también miembro del club, acerca del tema del juego de azar. Durante la conversación planteó la siguiente pregunta, ¿si descubrieses a alguien haciendo trampas en el club, ¿que harías?, a lo que el otro respondió: "respaldaría su juego, y acabada la partida le reclamaría la mitad de sus ganancias". Esto es lo que el juego de azar hace en un club de caballeros presumiblemente honrados.

Con referencia a los innumerables sistemas de los que de vez en cuando uno oye hablar y de los que se supone proporcionan a cualquier jugador los medios para ganar a pesar de las probabilidades y cambios de fortuna es bueno que digamos algunas palabras acerca de ellos. Esas "martingalas" como se les suele llamar, están especialmente destinadas a ser usadas en grandes salas de juego de Montecarlo. (2). Algunos de estos sistemas son tan viejos como el juego mismo, mientras que otros son de reciente invención, pero todos y cada uno de ellos son sistemas mediante los cuales en teoría puede ganarse cualquier cantidad de dinero y arruinar cualquier número de bancas. El único problema es que en la práctica todos son inútiles. Sin embargo, parecen tan convincentes que es muy difícil convencer a algunas personas de su inutilidad. El hecho cierto es que estos sistemas se han estado utilizando durante generaciones y jamás se ha arruinado un establecimiento de juego por ello. Esta onza de prueba experimental vale tanto como muchas libras de razonamiento. Por supuesto que algunas veces, la martingala responderá espléndidamente a su propósito durante un tiempo, pero tarde o temprano se producirá el inevitable desastre cuando el sistema falle y el jugador se arruine. El gran defecto de todos estos dispositivos es que aunque prometen una sucesión constante de pequeñas ganancias, siempre existe la posibilidad de sufrir una pérdida muy grande. Al jugador, esta posibilidad siempre le parece tan remota que no merece consideración alguna, pero desgraciadamente esta aparentemente remota posibilidad es el escollo con el que han chocado generaciones de apostantes. Con el tiempo siempre aparece y entonces la banca recupera todo lo perdido y con toda seguridad mucho más.

La forma más simple de martingala, la más típica de entre todas ellas por más complicadas o mejoradas que sean es la que consiste en doblar la apuestas después de cada una de las pérdidas. Por ejemplo, a rojo y negro un jugador puede apostar un soberano y perderlo. En su próxima jugada, apostará dos soberanos y vuelve a perderlos, apostará cuatro en la tercera jugada. Al seguir este sistema es obvio que una vez que gane, ganará un soberano más que el total de lo perdido. Habiendo ganado, comenzará de nuevo apostando un soberano, doblando la apuesta tras cada pérdida hasta que vuelva a ganar como anteriormente. Parece entonces que el jugador debiera tener una entrada constante de soberanos, y así puede suceder durante un tiempo, pero no durará. De hecho, puede verse arruinado en la primera serie de jugadas. Así es como ocurre. El éxito del sistema depende de la suposición de que las probabilidades deben, tarde o temprano que ser favorables al jugador, no pudiendo estar contra él eternamente, así que al fin debe poder ganar. Eso es lo que piensa, pero lo que no contempla es el hecho de que largos periodos de pérdidas son particularmente comunes. Es bastante normal que un jugador pueda perder veinte veces seguidas. Mientras la cantidad de las apuestas ha ido incrementándose del mismo modo que en el conocido problema aritmético en el que el clavo de una herradura tiene un papel tan destacado. Eso es lo que piensa el jugador, El hecho es que si el jugador ha perdido once veces seguidas su duodécima apuesta tendrá un importe de 2.048 libras, por lo que una mala racha de suerte hará que el jugador pierda todo su dinero disponible. o la apuesta llegue a un montante por encima del permitido por la banca, momento en el que ésta no permitirá la más mínima apuesta. ¿Que pasa entonces con la martingala?, la respuesta está en el viento.

Lo mismo pasa con todos esos sistemas, sus inventores creen plenamente en ellos, hasta que aprenden por amargas experiencias que han desestimado un punto débil, la falacia subyacente en todo el proceso. Dondequiera que exista la posibilidad de ganar un número de pequeñas ganancias, siempre existirá la posibilidad de sufrir una gran pérdida, que engullirá el valor de cualquier apuesta individual multiplicada por cientos de veces. No hay escapatoria posible a esta desafortunada circunstancia, no importa lo ingenioso o infalible que el sistema pueda parecer. Un matemático demostraría la insensatez de confiar en cualquier martingala, descubriendo en unos pocos minutos sus puntos débiles. En resumen, estas cosas proporcionan un medio de ganar tan confiable como el consejo dado por el viejo Pard en "My sweetheart ", cuyas palabras de moribundo fueron: "apuesta e invierte siempre la apuesta a la reina en la última mano"(3). Esto por supuesto se refería al juego del Faro. Puede suponerse que cuando la reina permanecía en la caja de reparto hasta la última mano, su experiencia había sido que siempre salía a favor de la banca, de ahí su consejo de invertir la jugada. La experiencia de cualquier otra persona podría haber sido totalmente opuesta, con lo que el consejo habría sido justo lo contrario. Cualquier cosa por el estilo depende de la superstición y de la creencia en la buena o mala suerte. Cuando un jugador "afortunado" gana, sus conocidos no expresan sorpresa ya que consideran que su buena fortuna es parte integrante de su propia naturaleza. Pero cuándo empieza a perder no sufren con asombro, porque tal mala suerte, no puede durar. Las teorías en cada caso están totalmente en desacuerdo entre sí, pero lo absurdo de la situación parece no revelarse nunca al intelecto del jugador. El destino último del jugador empedernido por afortunado que pueda temporalmente ser, siempre ha sido sin excepción ruina e indigencia. Al final este es el único resultado obtenido por el jugador.

Lo mismo pues para el juego honesto, En cuánto al lado más oscuro del asunto, como se revela en este libro, ¿que se puede, debe o necesita ser dicho al respecto? El lector sacará sus propias conclusiones, que sin duda variarán en función de que éste sea un tahúr o un incauto. El tahúr incuestionablemente estará entre aquellos más ansiosos por ver que revelaciones se hacen aquí. Esperemos que estén satisfechos con la minuciosidad de las revelaciones dadas, sería una pena haberlos decepcionado. Por otro lado, los incautos encontrarán en estas páginas mucha más sustancia en la que pensar. No deben irse con la impresión de que al dominar los detalles que se les presenta en esta obra, se harán inmunes a las trampas. Si se imaginan algo de este tipo simplemente se convertirán en "burros voladores", lo que no aumentará mucho sus posibilidades si caen en manos de un experto. Además de la imposibilidad de explicar todos los accesorios empleados por todos los tahúres existentes, se debe recordar que continuamente están inventándose nuevas trampas, aunque pueden transcurrir muchos años antes de que puedan idearse nuevos métodos para hacer trampa tan efectivos como las que en la actualidad disfrutan los tahúres. El tahúr generalmente se adapta a la situación y tiene sus propios e individuales métodos de trabajo que frecuentemente ignoran incluso sus hermanos de oficio, muriendo estos métodos con él. Sólo podemos esperar que este libro sea el medio por el que abrir los ojos a sus estafados y para que las posibilidades de éxito en el engaño sean menores de lo que lo han sido hasta ahora.

No podemos esperar que en el futuro el tahúr no encuentre incautos, ya que esto es mucho esperar. En tanto que el mundo esté compuesto de pícaros y necios siempre existirán tahúres e incautos. Seguramente el placer de ser engañado es tan grande como el de engañar, pero el beneficio no se manifiesta de la misma forma. El tahúr se beneficia siempre de la experiencia, mientras que el incauto no.

En cualquier caso, he hecho lo posible por presentar una clara exposición de los métodos de estafa usados en la actualidad en los juegos de azar y habilidad. Al mismo tiempo he intentado explicar los mejores métodos para evitar ser estafado. Sólo queda al lector hacer el mejor uso posible de la información proporcionada. Al escribir lo que he escrito, no temo ser acusado por gente sensible de ayudar a aquellos tahúres ignorantes de lo aquí publicado. Los recursos de semejantes hombres siempre son proporcionados a sus necesidades, en el peor de los casos sólo pueden hacer trampas y el tahúr siempre encontrará la forma de hacerlas en tanto y en cuanto sea capaz de encontrar incautos. Además, este libro tiende a hacer sus incautos tan sabios como él mismo y debiera además tener el efecto de hacerlos escasos.

Después de publicar toda la información que he sido capaz de obtener, no tengo intención de relajar mi vigilancia en cuánto a nuevos inventos se refiere, Habiéndome puesto manos a la obra no tengo marcha atrás y tengo todas las razones para creer que tras de mí, mi hijo continuará con la tarea. Él ha puesto un vivo interés en la producción de este libro, siendo de hecho suyas todas las ilustraciones del mismo, salvo las de la portada que son de mi estimado y talentoso amigo Alfred Bryan. Aquí dejo el trabajo por el momento, confiando en que en alguna medida he tenido éxito en metafóricamente inocentar a los tahures y espabilar a los incautos.

Notas:

1 En la época de Maskeline se hizo popular la denuncia pública de actos de espiritismo y magia. Estos números presentados como entretenimiento en escenario no debieran haber sufrido esta plaga a mi entender de una ética más que cuestionable. En plena actuación, aparecía el denunciante en cuestión y desvelaba en que consistía el truco, arruinando con ello el medio de vida y el secreto tan necesario a esta profesión. El propio Maskelyne llegó a denunciar varios actos de este tipo.

2 Esta nota es del propio Maskeline por lo que la distinguimos con cursiva. Un amigo mio que recientemente visitó Montecarlo describe un método de estafar a la banca descubierto durante su asesinato en ese sagrado lugar. Una noche observó a un hombre de pie junto a una mesa de ruleta, quién persistentemente colocaba una moneda de cinco francos sobre el número ganador una vez éste había sido anunciado. Por supuesto que el croupier nunca falló en detectar la maniobra y eliminar la apuesta. Sin embargo, lo que pasó inadvertido fue que una moneda de oro de veinte francos estaba oculta bajo la moneda de plata de cinco francos cuando ésta era colocada. Al ordenarle retirar la pieza de cinco francos, el hombre lo hizo sin dudar, pero la moneda de oro permaneció sobre el tapete entre las otras apuestas. Cuando la banca pagaba las ganancias esa moneda en particular era reclamada por un cómplice como su apuesta y era consecuentemente pagada. En la ruleta el número ganador recibe treinta y cinco veces la cantidad apostada, por lo que los estafadores conseguían setecientos francos cada vez que tenían éxito con esta pequeña maniobra. Pienso que si fuera cometido con demasiada frecuencia, la banca no tardaría mucho en descubrir un robo de este tipo.

3 "Always copper the Queen on the last turn". En el juego del faro la palabra copper se refiere al hecho de colocar una ficha de cobre sobre la carta a la que se juega, invirtiendo el sentido de la apuesta. Es decir, si el punto pierde una jugada, pero sobre la carta está el copper, en realidad hay que pagar a aquellos jugadores que lo hayan colocado sobre la carta en cuestión, pues han ganado.