Francisco de Quevedo

Quevedo hace gala de su excepcional maestría en el dominio del lenguaje dedicando estos versos a modo de sátira  contra Luis de Gongora y Argote por su afición al juego, al tiempo que desmerece su obra poética y su condición de clérigo.

Yace aquí el capellán del Rey de bastos,
que en Córdoba nació, murió en Barajas,
y en las Pintas le dieron sepultura.
Ordenado de quínolas estaba,
pues desde prima a nona las rezaba.
Sacerdote de Venus y de Baco,
caca en los versos y en Garito Caco.
La sotana traía
por sota, más que no por clerecía.
Clérigo, en fin, de devoción tan brava,
que en lugar de rezar brujuleaba;
tan hecho a tablajero el mentecato
que hasta su salvación metió a barato;
vivió en la ley del juego,
y murió en la del naipe loco y ciego,
y porque su talento conociesen,
en lugar de mandar que se dijesen
por él misas rezadas,
mandó que le dijesen las trocadas.

Otro excelente ejemplo de la maestría de Francisco de Quevedo en el empleo del  castellano es la siguiente poesía dedicada a la fortuna o azar:

Ratonera de ambiciosos
eres también, pues los cazas,
dando paso para que entren
y púas porque no salgan.

A quien te sigue despeñas,
a quien te escoge descartas,
a quien te estima aborreces,
a los que te creen engañas.

 

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