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Consideraciones teóricas sobre los principios matemáticos en la cartomagia

Se debe comprender que es un principio, en el caso que nos ocupa matemático y que utilidad nos puede aportar al arte de la cartomagia. Algunos ejemplos de principios físicos son las leyes naturales por las que se que rige el universo. 

Principio sería:

Una ley o regla que se cumple o debe seguirse si se pretende obtener ciertos resultados. Existen principios matemáticos necesarios que se cumplen sin más o que deberían cumplirse si se desea obtener los resultados esperados. Por tanto una ley o principio científico es un hecho que evoluciona de acuerdo a patrones regulares y constantes.

El físico y matemático Henry Poincaré lo define como:

"¿Qué es una ley?, Es un vínculo constante entre un antecedente y un consecuente, entre el estado actual del mundo y su estado inmediatamente posterior."

Según Galileo Galilei:

"Si es verdad que un efecto es consecuencia de una sola causa primaria y que entre la causa y el efecto hay un nexo firme y constante, debe concluirse, necesariamente, que donde se perciba una alteración firme y constante en el efecto, habrá una alteración firme y constante en la causa."

Pero ¿que es o que debe ser un principio en cartomagia?. El principio debe ser una herramienta con la que construír el efecto o rutina cartomágica y no un efecto en sí mismo. Presentar el principio matemático sin más como un efecto es un gran error, cometido sobre todo por catómagos inexpertos o legos.

La base de cualquier rama de la magia es precisamente transgredir, (actuar en contra de una ley física, lógica, natural o matemática), las leyes naturales, lo que hace que el efecto conseguido sea para el público incomprensible, irracional, antinatural, marvilloso o mágico y consecuentemente digno de admiración.

Me parece importante destacar que los principios matemáticos que se abordarán en páginas posteriores no son como digo, nada más que una herramienta que nos posibilita la creación de efectos o rutinas cartomágicas que deben ser puestas en contexto, estar revestidas de un argumento y como todo efecto mágico ser presentado adecuadamente, creando suspense, (atmosfera mágica según el maestro Arturo de Ascanio), supresión de la incredulidad y la liberación posterior de la tensión acumulada mediante el climax del efecto. Un principio matemático presentado como efecto, en cualquier ámbito de la magia incluída la cartomagia, no es más que una mera curiosidad.

Son numerosos los principios matemáticos útiles a la cartomagia, éstos se dividen en dos tipos:

  • De obligado cumplimiento: Como por ejemplo el pricipio de Norman Gilbreath. Huelga decir que la definición de principio ya exige esta condición, pero utilizamos esta terminología para distinguirlos de otros "principios" cuyo cumplimiento deja un margen a la probabilidad.
  • Probabilísticos: Como por ejemplo el principio de Kruskal, son erróneamente llamados principios, ya que no siempre se cumplen. Dependen de la probabilidad, y aunque el margen de que se cumplan es muy alto, (casi un 85 % en el de Kruskal), siempre queda una pequeña proporción de error.

Tal vez porque en cartomagia se ha sabido manejar adecuadamente ese pequeño margen de que no se cumpla el principio, anteponiendo soluciones que incrementan la posibilidad de que se cumpla, sea el motivo por el que no se hace distincción entre ambos.

Nota: La supresión de la incredulidad, (willing suspension of disbelief), es una condición necesaria para que el público acepte como creíble lo increíble. Sería la voluntad de un sujeto para dejar de lado, (suspender), su sentido crítico. Ignorando incoherencias o incompatibilidades lógicas o realísticas en lo que está presenciando. Esto le permite aceptar, adentrarse y disfrutar de la ficción que está presenciando, en nuestro caso un efecto mágico. El término proviene del concepto de verosimilitud incluído en la obra del siglo IV antes de Cristo escrita por Aristóteles, "La Poética", en la que postula la idea retórica que, para convencer, es preferible una mentira creíble a una verdad increíble.

Esta expresión fue acuñada por primera vez en el año 1817 por Samuel Taylor Coleri, poeta inglés, en el siguiente fargmento:

"Esta idea dio origen al proyecto de Lyrical Ballads; en el cual se acordó que debería centrar mi trabajo en personas y personajes sobrenaturales, o al menos novelescos, transfiriendo no obstante a estas sombras de la imaginación, desde nuestra naturaleza interior, el suficiente interés humano como para lograr momentanáneamente la voluntaria suspensión de la incredulidad que constituye la fe poética".

 

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